En la colección de ensayos La filosofía del budismo Zen Byung-Chul Han traza líneas paralelas (es decir, sus cabos nunca se tocan) entre algunos pensadores cardinales de la filosofía occidental (Hegel, Fichte, Heidegger) y la tradición budista Zen (Basho, Issa y Dogen). Como se indica en la presentación del libro, Han “nos propone en este ensayo (…) que es posible reflexionar de modo filosófico sobre un objeto que no implica ninguna filosofía en sentido estricto”. Esta afirmación parece redundante para quienes entendemos la filosofía como el pensar crítico sobre cualquier objeto, la mayoría de las veces, no filosófico, o que no es en si mismo una filosofía. Lo que seguramente Han quiere decir en la introducción, y lo que seguramente los editores quieren decir con “no implica ninguna filosofía en sentido estricto”, es lo siguiente: sería erroneo establecer un paralelismo entre la filosofía occidental y el Zen, puesto que el Zen es anti-especulativo y anti-filosófico por definición; sin embargo es posible filosofar sobre el Zen y extraer del Zen un cierto sistema de ideas que pueden ser conmensurables, o comparables, a ideas que circulan en la filosofía occidental. Se entiende, pues, que Han conoce suficientemente el Zen como para no caer en el error de presentar sus ensayos como si ellos mismos representaran la filosofía Zen.

El libro consiste en un prólogo y seis ensayos: Religión sin Dios, Vacío, Nadie, No habitar en ninguna parte, Muerte, Amabilidad. La forma de avanzar de la meditación especulativa de Han parte normalmente de dos fuentes: la poesía Zen japonesa y la tradición del idealismo alemán y Heidegger, de quien Han es profeso discípulo y exegeta. El estilo casi aforístico de Han hace las transiciones de la filosofía europea al Zen menos chirriantes de lo que uno podría esperar. Sin embargo el ensayo de Han da la impresión muy a menudo de ser una obra en marcha, ideas y conexiones sueltas. Por ejemplo, en el primer ensayo parte de una cita de Hegel y de ahí despliega el aparato comparativo. La erudición de Han no es profunda, aunque el análisis es pausado e imprime en su prosa un ritmo lento y meditabundo. En tanto que autor del ensayo, no ofrece ninguna tesis, excepto que es posible aproximarse al Zen desde la filosofía. En otras palabras, que el Zen, siendo anti-filosófico, no es refractario a la crítica filosófica, a la meditación filosófica al estilo de Heidegger más bien.

Son interesantes ciertos paralelismos entre el Zen y la fenomenología de Heidegger. Por ejemplo, en la pág. 31, en una descripción del budismo Zen, Han dice: “no hay ningún nivel superior de ser que se anteponga a la aparición de lo fenoménico” y en la pág. 32 “La cosa es el mundo”. Ciertamente esto es lo más cerca que el budismo Zen puede estar de una formulación de carácter fenomenológico asimilable a Heidegger, al menos desde mis conocimientos muy limitados de Heidegger.

Aparecen también comparaciones con otros filósofos que a primera vista defienden una teoría muy cercana a la mística del Zen, como Schopenhauer o el Maestro Eckart. Han se encarga con solvencia de presentar las múltiples diferencias. Esta labor crítica es de agradecer teniendo en cuenta la cantidad de ensayos en los que perezosamente se asimila el budismo (no necesariamente Zen) a cualquier filosofía más o menos mística. Han (pág. 33) cita como ejemplo al propio Schopenhauer:

En general, si prescindimos de las formas […] y vamos al fondo de las cosas, nos            encontraremos con que Shakia Muni (es decir, Buda) y el maestro Eckhart    enseñan lo mismo.

La expresión “al fondo de las cosas” contradice la visión del mundo budista. Schopenhauer resbala antes de dar el primer paso.

Han toma como fuentes del Zen a poetas como Issa o Basho y a maestros como Dogen. El filósofo coreano no soslaya la cuestión fundamental de la estética y la ética budista representada en su tradición literaria. ¿Es la poesía contemplativa la forma literaria natural del buddhismo? Esta me parece una cuestión importante y que seguramente daría para un libro entero. En efecto, la mayoría de principios morales o éticos del Zen que Han extrae de la literatura (obviamente no los extrae de su propia experiencia con un maestro Zen), son obras poéticas.

Han dice en la pág. 63:

Una contemplación perfecta se produciría por el hecho de que quien      contempla en cierto modo se hiciera “acuoso”

Y más adelante:

En un ente se refleja el todo.

No estoy seguro de si estas explicaciones hacen justicia a la estética del Zen. Es seguro, sin embargo, que contradicen los principios de la filosofía budista del Abhidhamma (Theravada). Decir que “en un ente se refleja el todo” es incurrir en el monismo. El budismo (Theravada) defiende que los fenómenos aparecen en relación a otros. Esto no significa que estén relacionados con todo el universo (de hecho el Buda de los textos canónicos en pali rechaza la idea de universo precisamente por monista-idealista). Pero es importante la observación de Han, a saber, que la poética del Zen es el Zen, que la contemplación del haiku es intrascendente (no se trasciende a si mismo, no requiere interpretación).

En referencia a la estética del Zen, o al Zen como estética, cabe subrayar un párrafo de la pág. 107:

El haiku revela su “sentido” por completo. Por así decirlo, no tiene nada que       esconder. No está vuelto hacia dentro. No habita en él ningún “sentido          profundo”. Y precisamente esta ausencia de “sentido profundo” constituye la     “profundidad” del haiku. Está en correlación con la ausencia de interioridad anímica. La clara apertura, la anchura sin trabas del haiku, brota del corazón      desinteriorizado , vaciado, del recogimiento a manera de nadie sin interioridad.

Esta sería en efecto una poética del budismo que pone como idea cardinal la nada, la śunyatā, una idea importante, si no la más importante, en el budismo extremoriental.  Se contrapone a otra estética budista, la poética adoptada por el budismo Theravada, desarrollado en la tradición escolástica en pali, que parte de una filosofía basada en dhammas, elementos inmutables a los que se puede reducir toda la fenomenología. Esta sería una estética no de la nada y el vacío, sino de una visión del mundo analítica, y en efecto no es de estrañar que esta visión del mundo analítica del Theravada adoptara la poética sánscrita de las figuras retóricas y se desarrollara a partir de obras como el Espejo de poesía de Dandin. Por otro lado la resistencia al discurso poético o retórico, en el Theravada, es siempre fuerte. No parece ser este el caso del budismo extremoriental, en el que la crítica a la poesía como género, cuando es necesaria, se hace desde dentro.

Ya Bhamaha, el crítico indio del siglo VII d.C. (?) advierte de ello. La poesía oscurantista cargada de dobles sentidos y juegos de palabras representa una visión del mundo particular, muy diferente a la poesía diáfana, inmediata, del budismo Zen.

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